hola!! bienvenidos!!

Para quienes mantienen
VOLANDO EN LAS NUBES
.
Para quienes viven en su propio mundo lejos de todo.
Este es el escape que todos tenemos a nuestro lugar feliz
y donde podemos ser nosotros mismos
sin mierdas extrañas.


VIVIR

Leer te hace volar, te hace llegar a un lugar que ni tus ojos ni tu mente pueden alcanzar. Vivir, es realmente eso, conocer el lenguaje del mundo para llegar al alma de la tierra, conocer cada instante para vivirlo con plenitud, es eso lo que le dara vida a todo tu corazón y donde la existencia va mas alla de la razón.

domingo, 20 de febrero de 2011

El principio

Ya había pasado más de una semana desde que mamá se había ido para Europa, dejándome completamente sola –bueno- en manos de una tarjeta de crédito y mi tía Diana, que a decir verdad no había hecho más acto de presencia en mi vida que la tarjeta de crédito desde entonces, dejándome únicamente con un teléfono celular que me había regalado unos días antes de irse, dinero y unos chocolates. Sí esto no era sinónimo de “estar sola” no se que mas podría serlo aparte de todo, no conocía a nadie mas en esta ciudad.

Era estúpido pensar en lo mala que había sido la elección de mamá y mas por el simple hecho de que un ser humano tan sobreprotector como ella, jamás me habría dejado sola en una ciudad en la que apenas llevaba un mes, al mando de mi tía, alguien que no podía mantener vivo un pez por mas de dos días, sin mencionar que nunca hablaba con ella de nada, eso si es que se sabía mi nombre. Pero cada día que pasaba sola, sin ella me hacia recordar mas y mas el momento en que se fue y cuanto la extrañaba.

-Te extrañare tanto, aun no puedo creer que te vayas tan lejos de mi y tanto tiempo, mamá- le dije entregándole con algo de resignación un par de cartas que había escrito, un Ipod repleto de música clásica para el viaje en avión y unos cuantos libros de bolsillo para las horas restantes en el tren de llegada.

-Como yo a ti, Lizzy – vi como respiró profundamente antes de continuar- velo por el lado amable, vas a madurar.

- ¿Más?

-Pequeña, lo que quiero decir es que veinte meses no es tanto tiempo como para que no puedas sobrevivir sin mí, aparte de todo será una experiencia divertida, ¿No lo crees? Ya verás que estaré de regreso antes de lo que imaginas.

Mamá era una mujer adorable, mi mejor amiga en el mundo -la única de hecho- adoraba todo de ella, pero su absoluta e irreverente terquedad me hacia querer ahorcarla. Le había suplicado diez mil veces, quejado, rogado, arrodillado y llorado para que no se fuera, y que si era así que me llevara con ella porque moriría en menos de dos semanas sin ella a mi lado en este lugar, pero como era de esperarse su respuesta fue un NO rotundo y como explicación era que la escuela, “mis amigos” y las obligaciones con la sociedad me necesitaban mas que ella mientras trabajaba y que le seria mas útil estando aquí cuidando mi hogar que allá encerrada con mis abuelos. ¿Qué amigos? ¿Cuál escuela? ¿Qué obligaciones? No conocía a nadie, todas las escuelas estaban cerradas a causa del invierno y la única obligación que tenía aparte de mantenerme cuerda era limpiar la nieve de la entrada cada semana. Que yo supiera, el hecho de no conocer el lugar donde vives, llevar allí menos de treinta días y no conocer a nadie mas que a tu tía loca no implicaba nada de madurez, sino mas bien supervivencia moral.

Desde siempre, mamá había tenido sobre sus hombros el peso de todos los gastos que producía sostener a nuestra pequeña familia, porque por otro lado, mi padre, según me decían, había muerto poco antes de que yo cumpliera un año en un viaje de ex­cavación en Portugal. Eso, sumado a que desde siempre había vivido más en los libros que en el mundo real me habían llevado a ser así; demasiado madura para mi edad y algo amargada, aunque para ser sincera no me disgustaba ni un poco.

-Mayor Thot, ha sido un placer y un honor haber servido junto a usted- dijo mamá saludando con la mano en la frente, como en el ejercito.

-El placer fue todo mio, teniente Thot- dije yo es respuesta antes de que mi voz se quebrara por completo y mis ojos empezaran a nublarme la vista con las lágrimas.

Mama había servido a las fuerzas especiales de nuestro país en Roma antes de tenerme a mí, allí había conocido a papá, que era de Grecia y se había casado con él dos años después de conocerlo. Roma había sido mi cuna y hogar durante un año, donde nací y me crie hasta que papá falleció.

Afortunadamente no recordaba nada de eso y no sentía ningún tipo de vacio adolecente o dolor en absoluto por su muerte porque no recordaba nada que tuviera que ver con él. De hecho, me bastaba con las imágenes y visualizaciones que mamá había puesto en mí sobre papá. El de alguna manera era un héroe para mí, incluso después de saber que no estaba vivo todo lo que sabia de el era maravilloso.

Luego de eso, mamá y yo regresamos a Estados Unidos, donde ella se convirtió en una vendedora de bienes raíces intentando dejar su emocionante pasado atrás y olvidar todo lo que había vivido, donde yo crecí sin un padre a mi lado, solo fotos y algunos recuerdos. De hecho nunca hablaba o preguntaba cosas que tuvieran que ver con él porque a mamá le disgustaba un poco tener que recordarlo, pero ahora, por alguna razón que aun no entendía, ella tenía que regresar al lugar donde todo comenzó y terminó, de donde se fue para no tener que sufrir mas, como si todo la basura sentimentalista que me había dicho de querer olvidar su pasado no fuera suficiente. Lo único diferente era que esta vez no iría como elemento especial, sino como una vendedora de bienes raíces.

-Te amo- nos dijimos con un último abrazo, tan corto que casi ni pude sentirlo.

Era increíble como un simple recuerdo tenia la capacidad de amedrentarme y hacerme enfadar como una niña pequeña y malcriada a la que no le dieron el juguete que quería, solo que, claro, yo aun seguía siendo una. Dieciséis años no implicaba realmente una gran responsabilidad moral para nadie.

En conclusión, estaba sola, triste, amedrentada y como si no fuera poco ya empezaba a tener conversaciones conmigo misma en voz alta.

Había sido una semana realmente mala. Había llovido casi todo el tiempo, mi auto se había quedado paralizado sin dar señales de vida de un momento a otro y para colmo no tenia un paraguas que me refugiara de la lluvia si quería salir a caminar.

-por lo menos hoy no tengo que salir a ningún lado- dije enfadada mirando por una de las ventanas de la cocina. Aun estaba lloviendo, mi auto seguía en “coma” y todavía no compraba un paraguas -o bueno, quizás si por el paraguas.

Sabía que era sábado y que aun no anochecía, pero había perdido totalmente la noción de los días después de la primera semana sin mamá. Tanto tiempo sola no le hacia ningún bien a nadie y ya que normalmente pasaba este tiempo con ella, charlando sobre lo fea que era la vecina o haciendo palomitas de maíz para luego ver una película o simplemente no hacer nada durante toda la noche me dejaba sin nada que hacer.

-Que aburrido es esto- dije sonando mas desesperada de lo que había creído estar. Era irritante tener que escuchar mi voz todo el tiempo. En mis pensamientos, cuando hablaba, reía, lloraba, siempre era mi voz la que retumbaba en la casa, ni siquiera tenía un perro o un gato a quien escuchar o callar, solo era yo, yo, yo y otra vez yo.

Me tumbe en el sofá marrón que había en la sala y cubrí mi rostro con la capa de mi abrigo intentando no mirar la casa para intentar pensar en otra cosa que no fuera mamá, pero era completamente inútil, aunque no pudiera ver lo que me rodeaba, todo aquí hacia mas difícil no enloquecerme, incluso podía escuchar su risa acampanada en la cocina…

–un momento- me concentre mejor en el sonido y preste más atención a ese ruido acampanado que provenía de la cocina. Abrí los ojos de golpe. No se parecía tanto a como ella reía. No era la risa de ella, era realmente “algo” lo que sonaba. Me había quedado dormida y el timbre del teléfono me había ido despertando poco a poco haciéndome escuchar cosas. Me paré apresuradamente y algo enfadada por la somnolencia a buscar el aparato, que no estaba en la base, donde se suponía que debía estar.

-Mierda, donde estas… ¡la cocina, tonta! -si, ¿Diga?- contesté al fin.

-¿se encuentra la señora Lisa Thot?- dijo la voz de una mujer al otro lado del teléfono.

-umm, lo lamento, no se encuentra en el país, esto… ¿quiere dejarle algún mensaje o…?

-llamo de la oficina de correo de Central Park, ha llegado un paquete del extranjero para ella, dice entregar personalmente…- Excelente, ¿Qué pretendía que hiciera yo? ¿Qué la trajera desde Roma para entregarle un paquete?

-Ya le dije señora, no está en el país, si quiere...

- ¿Y quien es usted? - ¿y a usted que le importa quien soy?

-soy su hija.

-¿le molestaría venir por el paquete antes de las siete treinta? Es urgente.

-umm, creo que no hay problema, ¿por quien…?

-Emma Rodríguez, oficina tres, pasillo número dos. La dirección es…

-está bien, ahora…

-fue un placer serle de ayuda, siempre a su servicio- dijo Emma dando por terminada la conversación antes de colgar el teléfono.

¿Cuántas veces habría dicho eso el día de hoy hasta parecer una máquina contestadora? Y ni siquiera me había dicho la dirección ¿Cómo diablos pretendía que llegara allí si no sabía cómo?

Podía imaginarla sentada detrás de un escritorio barato, con el cabello recogido, el uniforme verde oscuro de chaqueta y falda de la oficina de correo que seguramente no harían juego ni en un millón de años con unos zapatos de flores rojas, unas gafas enormes con los marcos de color café oscuro, una mirada desviada y fija en la pantalla del ordenador, los labios de color escarlata que estaría incluso en sus dientes y una goma de mascar que llevaba todo el día en su boca.

Era deprimente y un poco perverso de mi parte imaginarla así, pero después de todo ¿Qué podía esperar de alguien cuyo nombre pronunciaba casi como si fuera ajeno a ella? No mucho.

Pero, hablando de todo, los únicos parientes y conocidos de mamá eran mis abuelos que vivían en Roma, mi tía Diana y Carla, su mejor amiga, que estaba de luna de miel con su esposo en una isla del Caribe. ¿Quién y por qué había mandado un paquete privado y urgente a mamá y desde lejos?

-Bueno, siendo sincera, no pienso quedarme con las ganas- así que tome mi maleta, me puse el impermeable y salí hacia la oficina de correo.

Mi vida hasta ahora –Bueno la ultima semana- había sido totalmente monologada, el fin de las clases y la soledad en mi casa ya habían causado una seria perturbación en mi sistema nervioso, porque desde entonces no hablaba con nadie, ni siquiera me había preocupado por regar las plantas del jardín ya que la lluvia lo hacia por mi, eso, sin dejar atrás que ahora pensaba en voz alta.

Las calles, a pesar de estar en vacaciones, estaban totalmente vacías a causa de la lluvia, cosa que no ayudaba para nada a mejorar mi paranoia y para colmo había comenzado a llover aun mas duro así que apresure el paso hasta llegar a Central Park.

Busque de lado a lado con la esperanza de encontrar la oficina o alguien que pudiera decirme donde estaba, pero la única persona que estaba allí en ese momento era una señora, parecía una momia, de unos ochenta años que estaba sentada en una banca al lado de una farola con una luz intermitente, sola y alimentando aves con granos de maíz, moviendo su mano dentro y fuera de la bolsita donde estaba la comida con un esfuerzo sobrehumano. ¿Qué hace una abuelita a esta hora, con esta tormenta cuando no hay nada abierto y sola en Central Park? Nueva York era demasiado grande y poblada para estar tan sola ¿Cómo es que no había nadie mas?

-Ni modo- me encogí de hombros- nunca juzgues a la primera-

-Disculpe ¿sabe usted donde se encuentra la oficina de correo?

La señora, que tenia la mirada fija en el suelo, las aves y el maíz, subió el rostro para mirarme y me sonrió en cuanto me vio. Tenía los ojos casi blancos, una nariz de gancho y con un solo diente en su boca. Me estremecí al verla. Era un poco aterradora y la luz que la iluminaba, mas la bruma que inundaba el lugar, hacían parecerla como la bruja malvada de blanca nieves, solo que, claro, ella no tenía manzanas envenenadas ni poderes mágicos para asesinarme.

Asintió y extendió la mano para señalar algo a la derecha detrás de mí, volteé para ver que era, y allí estaba la oficina de correo, con un letrero enorme de color verde y blanco que alumbraba tanto que me hizo doler los ojos después de un momento de haberlo estado mirando ¿Cómo es que no lo había visto?

-Esto, gracias- dije mientras salía corriendo hacia donde estaba el letrero.

Llegué a la puerta de inmediato, tenia una cinta verde oscuro que la atravesaba y un letrerito blanco que decía y una calcomanía blanca mas debajo de esta que decía . Podía sentir el calor de la calefacción del lugar, quería entrar. Estaba helada y muy mojada a causa de la lluvia, pero cuando halé la puerta para entrar escuche un grito amedrentador que me hizo soltarla. Me estremecí; y con un impulso casi ajeno a mi, volteé pensando en la pobre señora, sola y sin nadie que la pudiera llevar hasta su casa o ayudarla a correr si algún ladrón quería robarle, quería ayudarla porque sabía que ese grito había salido de su boca, pero cuando miré en dirección a donde se suponía que debía estar ya no había nadie sentado allí, la banca estaba vacía y en su lugar había un gato negro, devorándose una paloma que seguramente era una de las que la señora había estado alimentando antes.

-¿pero como rayos hizo para irse tan rápido si apenas podía moverse? Oh no… ¿le habrá pasado algo?- la idea me espantó, pensé en la bruja y en su aterradora tez, convirtiéndose en algo monstruoso y volando sobre la ciudad en su escoba con la pobre abuelita muerta sobre ella.

Abrí la puerta de golpe, con una fuerza demasiado innecesaria que la hizo estremecer cuando toco la pared. Me incorporé de un salto hiperventilando, temblando y muy nerviosa.

Cuando entré en la pequeña estancia note que había algo que no cuadraba del todo allí, con los nervios como los tenía, hasta el más mínimo detalle me fastidiaba a simple vista. Era un reloj de péndulo sobre uno de los cubículos. Era demasiado grande para estar en una oficina de ese tamaño, aparte de todo, chillaba con el verde moho que poblaba todo en ese lugarcito, las paredes, la mueblería, las puertas, el baldosín, y los uniformes de los empleados, sin mencionar que hacia eco en el silencio del lugar. Marcaba las seis treinta.

Justo a tiempo.

Tomé un ficho y me senté a esperar mientras me calmaba. Solo había dos personas mas aparte de los empleados y el guardia de seguridad que estaba ahora afuera de la puerta de entrada después de mi aterradora aparición. Ambos eran hombres y llevaban una peculiar ropa negra que los cubría hasta los tobillos. Tenían el cabello negro con algunas canas, corto, mojado y despeinado seguramente a causa de la lluvia y un extraño bigote, separado por la mitad y demasiado parado en las puntas que los hacia lucir como si fueran de otra época.

Cuando mi número salió en el tablero de llamados me pare al instante y casi brinqué al cubículo tres donde posiblemente Emma estaría esperándome. Aun estaba muerta del susto.

-¿En que le puedo servir señorita?

-esto, buenas noches, vengo a recoger un paquete para Lisa Thot…umm yo soy su hija, si no estoy mal hace un rato usted hablo conmigo por teléfono – sonaba un poco temblorosa cuando hablaba, pero a decir verdad escuchar la voz de alguien mas en tanto tiempo y en carne y hueso fue lo mejor que me puso haber pasado, incluso si se tratara de la maquina contestadora que me estaba atendiendo.

-si señorita, yo soy Emma Rodríguez- respondió ella sin siquiera mirarme –espéreme un momento confirmo algunos datos.

Efectivamente, ella era exactamente como la había descrito, demasiado asertiva para ser verdad. Media muerta, sin expresión alguna en el rostro y Fea con F mayúscula Emma siguió hablando sin parar entre mis cortas respuestas y yo parecía una idiota con una sonrisa de oreja a oreja que no podía esconder a pesar de estar como estaba.

Luego de un rato de preguntas sobre mi madre y de tomar mis datos personales, sacó una pequeña bolsita de un compartimiento bajo sus piernas. No estaba envuelta en los papeles verdes de la oficina de correo, no tenía sello de seguridad o código postal, ni siquiera el lugar de envío, únicamente una delicada tarjeta con la dirección de mi casa, el nombre de mi mamá y una firma que no reconocí, todo en letra cursiva y hecho a mano.

-Que raro aquí jamás reciben nada que no sea envuelto en mil papeles, con algún sello de seguridad o…

Emma extendió la mano como si quisiera callarme.

-Aquí tiene, señorita Elizabeth, siempre a su servicio- aun sin mirarme, me entrego finalmente una bolsita. Era roja y pesada pero muy suave, con diminutos encajes negros y blancos que formaban una alada forma con arabescos al unirse, debajo había algo escrito. Extendí la bolsa para mirar mejor las letras. F A L C O.

No sabía en absoluto que significaban esas letras, de hecho jamás había escuchado algo así. Cada vez esta noche era más rara y confusa, y yo que no estaba para nada nerviosa lo estaba tomando con mucha calma.

Sin si siquiera moverme de donde estaba, abrí la bolsita para ver su interior, no podía imaginar algo que fuera tan pequeño y pesado al mismo tiempo para caber en esa envoltura. Estaba demasiado ansiosa y neuróticamente nerviosa como para esperar a llegar a casa, no me podía quedar con las ganas de ver lo que había dentro tanto tiempo.

Era una piedra cristalina, como un rubí carmesí o algo por el estilo.

Metí la mano para sacarla, pero en el momento que la piedra tocó mi piel, un brillo del color del sol se desprendió de ella y resplandeció con una fuerza tan potente que me hizo doler los ojos. Solté la bolsa de golpe para taparme el rostro y esta calló al piso resonando en la pequeña estancia.

Emma y los dos hombres de negro que se encontraban conmigo en la salita centraron la mirada en mí y luego en la roca que estaba en el suelo bajo mis pies mientras me agachaba para recogerla como si estuvieran viendo alguna especie de película de acción y este fuera el momento crucial.

-Esto… umm, Gracias- respondí distraídamente mientras me alejaba del cubículo hacia la salida centrando toda mi atención en la piedra, en el paquete que la contenía y en las letras que estaban en el, intentando encontrarle algún significado lógico a todo esto sin pensar en nada más. Metí la bolsa en el bolsillo interior de mi abrigo y cerré la puerta sin mirar atrás.

Cuando salí de la oficina de correo noté que había dejado de llover, pero a pesar de todo, el frio en comparación a lo caliente que estaba la oficina de correo era tan potente que se calaba en los huesos con una facilidad y rapidez que en pocos segundos me hizo tiritar.

Empecé a caminar por la calle, aun estaba nerviosa y un poco desconcertada ¿Qué rayos acababa de sucederme? Las rocas no brillaban con tanta fuerza, de hecho, ni siquiera un meteorito acabando de entrar en la atmosfera resplandecería de esa manera. Nunca había sido mi fuerte manejar sorpresas de este tipo, o de ningún otro, pero estaba tan asustada que cuando me di cuenta había pasado la calle próxima a mi hogar y estaba en un callejón solo y sin salida.

Sentía el peso de la piedra en el abrigo, incluso su temperatura calurosa. Apresuré el paso y comencé a correr en dirección a mi casa sin mirar atrás, pero antes de llegar a una esquina en la que intente voltear vi que conducía a un callejón sin salida.

Me di la vuelta para tomar otra dirección pero cuando fije la vista en el costado opuesto a la calle en la que me encontraba note que había alguien observándome. Me estaban siguiendo. Eran los dos hombres peculiares de negro que habían estado conmigo en la oficina de correo

–La piedra-

Pensé por un momento que querían robarla, pero cuando recordé que ellos no habían visto nada más que la bolsita roja en la que estaba, me di cuenta que lo que querían era yo. Una jovencita, sola en la calle en una noche como esta no seria presa difícil para alguien que buscara a quien robarle, o aun peor… aunque bueno, teniendo en cuenta la pinta que llevaba el día de hoy no me sorprendería que me dejaran ir apenas me vieran la cara con atención suficiente para estaba de espanto.

Seguí corriendo pero esta vez en dirección opuesta al callejón esperando encontrarme algún negocio abierto, licorera, restaurante, bar, burdel, lo que fuera donde hubiera alguien más que no fueran esos dos tipos. Corrí hasta llegar a la calle que salía en dirección al lago de central Park, estaba empapada, llena de agua y sudor, sin mencionar las lágrimas que caían torrencialmente por mi rostro, no hubiera sido mala idea esconderme allí de no ser porque si me tiraba al agua moriría de hipotermia.

Había comenzado a nevar.

-Dios mio, ayúdame- dije desesperada. Los hombres seguían tras de mi, caminando como si supieran que por mas que yo corriera jamás escaparía de ellos. Me deshice del abrigo para aligerar la carga y me metí el paquetico con la roca entre mi sostén y el top de la camisa para comenzar a correr de nuevo. Llegue al lago.

¿En que diablos estaba pensado? ¿Qué no hubiera sido más fácil tirarles la roca y alejarme hasta que se recuperaran del golpe o gritar para pedir auxilio, un celular o algo parecido en vez de deshacerme del abrigo y seguir corriendo como una loca?

Ya llevaba varias calles recorridas en vano sin encontrar algún lugar abierto.

Estaba completamente desorientada, mojada, tiritando por la sensación que ropa húmeda y el frio producían al contacto con mi piel y para colmo ni siquiera sabía si la dirección en la que me estaba dirigiendo era la correcta para salir de la vista de los hombres que me estaban persiguiendo o llegar a salvo a algún lugar seguro. Ambos corrían tras de mi sin siquiera hacer la mitad de ruido que mis estruendosas pisadas producían, parecía como si volaran.

-¿Dios, por qué a mí?-

¡¿Qué diablos quieren de mí?!- grité desesperada, eufóricamente enfadada por no saber que hacer, pero no dijeron nada como si supieran que el silencio me haría enloquecer aun mas. ¿Qué tenía yo de especial? ¿Qué querían de mí? ¿Querían la piedra que llevaba, o a mi?

Gire en la primera esquina que vi, luego otra vez en la de la calle que acababa de pasar y así me la pase por un rato, corriendo de un lado a otro para intentar perderlos o hasta encontrar algún lugar donde pasar la noche, pero mientras corría por una de las mil calles que se atravesaban en mi camino vi como se alzaba a lo lejos una especie de construcción abandonada o bóveda al lado de un rio que al parecer había sido un muelle de embarcación pero que ahora estaba casi deshecho. Un perfecto lugar para perderlos de vista de no ser porque había llegado al mismo lugar donde había comenzado todo.

Seguí corriendo en dirección al lago, paré y miré hacia atrás con la esperanza de que mi plan hubiera funcionado, pero no fue así, los dos hombres seguían tras de mí y estaban tan cerca que casi podía verles el rostro por completo. Sonreían como si supieran que yo ya era su presa, algo que ya era de ellos y que por nada del mundo se iba a escapar de sus manos.

Tenía el corazón en la garganta latiéndome como si fuera a desbordarse en cualquier momento, los oídos taponados, la respiración entrecortada, náuseas y para colmo estaba llorando y tiritando de una manera catastróficamente ruidosa que no me ayudaba en nada para la situación de este instante y como si no fuera poco, llegando a la construcción me topé con un lío enorme que me hizo angustiar aun más. Una gran canalización sin un puente, que se interponía entre la construcción y mi posición.

Busqué desesperadamente de lado a lado algo que pudiera serme de ayuda para pasar, pero no había nada más que vidrios rotos, latas de cerveza y pedazos de algo que seguramente en el pasado había sido una red de pesca. Descendí un poco hasta toparme con una planicie que estaba a poco más de un metro del agua, más cerca al otro extremo y allí por fin vi debajo de donde me encontraba, unos pedazos de madera larga y plana que posiblemente serian mi escape hacia el otro lado. Los tomé y los crucé de lado a lado creándome un puentecito.

Estaba aterrada, muerta de pánico, pero debía cruzar. Mi fuerte jamás había sido el equilibrio, pero debía intentarlo a menos de que prefiriera que esos dos lunáticos me robaran, mataran o peor aún…

De un salto en otro crucé por el puentecito de madera, que al último paso que di se quebró bajo mis pies haciéndome resbalar y raspar contra el asfalto que cubría la canalización. Trepé hasta arriba y cuando me hallé parada en lo alto busque la entrada de la construcción antes de darme la vuelta para darme cuenta que los hombres de negro habían dado un salto increíblemente largo de un extremo al otro para alcanzarme.

Corrí como una loca hasta encontrar una puerta, la principal, que estaba cerrada con tablas, clavos y vidrios rotos que no había visto hasta que por intentar quitarlas me corte la palma de la mano. Me estaba saliendo sangre por montones y la mano me empezaba a doler, pero tenía, como fuera, que quitar las tablas de allí si quería desaparecer de la vista de esos dos tipos, así que empecé a jalar desesperadamente, enterrándome astillas y pedazos de pequeños vidrios que estaban pegados a ellas pero las tablas no se movían por más que yo intentaba. Me tumbe en el suelo rendida y llorando ¿Qué se suponía que podía hacer? Estaba llena de sangre, con una herida abierta, vidrios enterrados en todo el brazo, astillas en todos los dedos, mojada, nerviosa, mareada y adolorida por todo lo demás ¿Cómo era que no me había desmayado aun? No lo sé, pero lo que si tenía muy claro era que aun así, media muerta no quería morir realmente o ser secuestrada, atracada o lo que fuese que posiblemente podía sucederme si me quedaba allí en el suelo sin hacer nada y sin reaccionar rápido, así que me puse de pie y mi instinto de supervivencia, desesperación, valentía, coraje o como le quisiera llamar, le ganó a todo, incluso por un momento deje de sentir el dolor punzante de mi mano y en un extraño ataque de adrenalina tumbe las tablas de la puerta con una patada y me incorporé de un brinco dentro de la solitaria estancia para correr y esconderme detrás de unos barriles en la parte de atrás.

El lugar apestaba a comida de mar rancia, agua salada, muebles viejos y carbón, y el olor dulzón de mi sangre ya estaba comenzando a impregnar el aire mezclándose con la humedad, y el suelo y mi ropa mojada ya estaban cubiertos por ella y yo comenzaba a sentirme realmente mal.

Me senté con cuidado en el suelo sin hacer ningún tipo de ruido, escondiéndome lo mejor que pude detrás de los barriles cuando vi que los sujetos entraban por la puerta improvisada. Escuchaba una especia de siseo desde donde estaban ellos, murmuraban, se miraban y hacían señas en mi dirección como si supieran donde me encontraba. Me estremecí de solo pensarlo. Espere un momento hasta que se pusieron a andar y para mí fortuna tomaron el rumbo opuesto a donde me encontraba yo. Me quede lo más quieta que pude, casi sin respirar esperando a que no notaran mi presencia o encontraran mi posición y se alejaran lo más que pudieran de mí mientras caminaban a lo lejos, pero cuando creí estar a salvo de todo peligro unas manos me ataron por detrás, abrazándome y tapándome la boca dejándome inmóvil.

-No te alteres, no soy de los malos, voy a quitar mi mano de tu boca pero debes prometerme que no vas a gritar- dijo el extraño que apareció de la nada.

Asentí con la cabeza y el me soltó como lo había prometido.

-Esto… hola, vine a ver en qué problema te habías metido, y por lo que veo soy demasiado oportuno y…

-Oye y ¿Quién diablos…?

- Necesario - me interrumpió mientras se ponía de pie sin prestarme atención- para ti en este instante como para que me rechaces, refutes o lo que sea que pienses hacer, así que si me perdonas tengo que acabar con esas dos bestias pestilentes que te estaban persiguiendo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario